Hay ocasiones en la vida que ves, que sientes cosas que consiguen, aunque
sea momentáneamente, encerrarte en una burbuja contigo mismo, con tus
pensamientos y las consecuencias que las emociones despiertan en tu interior. A
mí, me ha sucedido ya varias veces. Recuerdo que esas sensaciones me han invadido
tras ver alguna que otra película, o con algún que otro libro.
Pues sí, el domingo pasado lo volví a vivir en el edificio Tabacalera
cuando salía por su puerta a la calle tras haber (¿disfrutado? ¿padecido?
¿aprendido? ¿avergonzado? ¿llorado? ¿frustrado? ¿encolerizado?....) con la
exposición de Gervasio Sánchez. Así que, al abandonar el edificio, me senté en
un banco de la calle Embajadores, encendí un cigarro e intenté procesar todas
esas emociones y sensaciones que se habían ido despertando en mi interior
conforme iba avanzando por las lúgubres galerías del Tabacalera.
En primer lugar, destacar que el entorno no podía ir más acorde con la
temática de la exposición. Para todo aquel que no conozca este lugar, decir que
el edificio Tabacalera está en fase de remodelación y reacondicionamiento
continuo. Es, podríamos decirlo así, como si se encontrara inmerso en un bucle
de autoconstrucción. Rodeado de andamiaje, es casi incluso difícil encontrar la
entrada a la sala donde se realiza la exposición. Una vez dentro te encuentras
con una sala diáfana y arcada, con apenas 8 o 10 murales con una única
fotografía para presentar cada una de las diferentes series que Gervasio
presenta en esta exposición. Todo ello rodeado con una tenue luz y envuelto de
una grabación sonora que el propio autor tomó durante uno de los bombardeos que
vivió en su estancia en la guerra de los Balcanes. Creo recordar que había sido
en el propio Sarajevo. Al fondo, entre los dos arcos que conducen a las
diferentes salas, una gran pantalla donde se van sucediendo diferentes escenas
tomadas por el fotoperiodista cordobés.
Una vez dentro y tras poder empaparse del ambiente cuasi romántico del
edificio, te empiezas a encontrar con las primeras imágenes. Un pasillo largo,
con las fotografías a ambos lados y algún panel explicativo del propio autor.
Entre esa atmósfera creada por lo que transmite el edificio; las sensaciones
que se comienzan a despertar tras las primeras imágenes, hay algo que empieza a
atraerte sin darte cuenta. De repente, te das cuenta que tras ver cada una de
las fotos y al avanzar, tu mirada se dirige continuamente hacia el mismo lugar.
Al fondo de este pasillo hay una foto inmensamente grande (en todos los
aspectos) que es imposible no ir magnéticamente atraído hacia ella. Es la
famosa foto de la biblioteca de Sarajevo, destruida tras ser alcanzada por una
bomba incendiaria, atravesada por un rayo de luz que entra por una de las
ventanas del supuesto edificio.
Así que, irremediablemente, dejo de un lado las primeras imágenes y me
dirijo directamente hacia ella. Atroz, espeluznante. La vergüenza de una guerra
queda reflejada en esta fotografía. Decido volver al punto en que me encontraba
antes de ir a ver la biblioteca.
Cada poco espacio del pasillo, múltiples salas pequeñas proyectan videos
tomados, por el propio autor. Escuetos taburetes donde seguro mucha gente no
habrá podido, irremediablemente, avergonzarse de la barbarie humana. De lo que
somos capaces de llegar a hacer.
Se van sucediendo los pasillos y salas donde se exponen las imágenes de
las diferentes series. De momento, la guerra de los Balcanes es la que
más me ha impactado. Fotografías directas, duras, que te transportan
directamente al lugar. Pero también escenas cargadas de un gran sentimiento y
sensibilidad. Niños jugando, señoras yendo a la compra, soldados descansando…
pero en todas ellas con alguna huella que la guerra ha ido dejando y ha
comenzado a rodear sus vidas.
Tampoco puede uno dejar de recordar en estas líneas la serie de América
Latina. Fotografías que muestran otro tipo de barbarie. Barbarie de un
puñado de necios que durante años sembraron el terror a su antojo, haciéndose
creer seres superiores, casi divinos, con el derecho de tener en sus manos la
vida de otros. Hay que recordar, que América Latina, léase El Salvador,
Colombia, Guatemala, Chile…, fue el
detonante del trabajo de Gervasio Sánchez.
La serie de Vidas Minadas también va dejando mi huella y dándole forma a la burbuja que se va construyendo a mi alrededor. La desgarradora “Sofía y Alia” hace que mis pelos se ericen y una presión inaguantable se adueñe de mi garganta.
Desaparecidos es otra de las series que no te deja de
golpear por dentro. Aunque he de reconocer que fue la serie por la que,
digámoslo así, más rápido pasé. Hace poco más de cuatro meses había acudido a
ver la exposición en Zaragoza.
No por ello dejaré de destacar la manera que Gervasio Sánchez ha sabido golpear en el centro de las conciencias con esta serie en la que, los principales protagonistas, son los que no aparecen en sus imágenes. Una tarea realmente difícil, pero que ha sabido, de manera genial, llevar a cabo.
No por ello dejaré de destacar la manera que Gervasio Sánchez ha sabido golpear en el centro de las conciencias con esta serie en la que, los principales protagonistas, son los que no aparecen en sus imágenes. Una tarea realmente difícil, pero que ha sabido, de manera genial, llevar a cabo.
Y dejo para el final la serie de África. El propio Gervasio dice
que ha sido su peor momento, hablando desde una perspectiva humana. No es de
extrañar viendo sus imágenes. Los niños soldado; las grandes matanzas entre
diferentes etnias (no sé si produce más tristeza esto o la pasividad de los
países ¿desarrollados?); las grandes hambrunas de la década de los noventa que
acabaron con millones de personas, especialmente niños y niñas, debido a la
inanición o las epidemias de cólera… A mí, en especial, son las fotografías de
este último apartado las que hacen que me derrumbe. En especial la de las 6
niñas, desnudas. Solo pellejo sobre sus huesos, esperando la muerte sobre una
sábana verde. Muerte que comienza a dibujarse en sus rostros. Cuenta Gervasio
que, en compañía de un compañero y, mientras se dirigían al aeropuerto de, no
recuerdo ahora qué ciudad, ambas cunetas
estaban repletas de cuerpos sin vida. Miles de muertos anónimos, olvidados.
Y ahí me encuentro. En ese banco de la calle Embajadores apurando las
últimas caladas de mi cigarro e intentando digerir todo lo que Gervasio Sánchez
lleva casi tres décadas denunciando. Apago mi cigarro y me alejo compungido.
Intentando darme cuenta de lo afortunados que somos unos cuantos y lo
desdichados que son muchos. Preguntándome por qué el ser humano es capaz de
permitir estas injusticias. Me alienta
saber que el trabajo de Gervasio (y el de muchos otros) pueda llegar a
hacer mella en las conciencias de los que deciden nuestro devenir. Al menos,
eso espero.
El © de las fotografías pertenece a Gervasio Sanchez y a Jorge Ruiz Dueso
El © de las fotografías pertenece a Gervasio Sanchez y a Jorge Ruiz Dueso
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